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  • Dios Conoce Tu Nombre


    Un mensaje para ti, que eres madre, desde las páginas de la Biblia


    Quiero hablarte de cuatro mujeres a las que nadie les dijo que quedarían en las páginas de la Biblia. Mujeres que no se levantaron una mañana pensando que su historia se leería miles de años después. Mujeres que vivieron su vida como tú vives la tuya: con amor, con luchas, con miedo, con dudas, con días buenos y días en que las fuerzas simplemente no alcanzan.

    La Palabra de Dios no idealiza a las madres. No las pinta perfectas. Las muestra tal como eran: mujeres reales, con nombres reales, en situaciones que a veces no tenían solución fácil. Pero siempre, siempre, en medio de todo, Dios estaba presente.

    Eso es lo que quiero decirte hoy. No que seas perfecta. No que lo tengas todo bajo control. Sino que Dios te ve, te conoce y ha estado caminando a tu lado desde antes de que naciera el primero de tus hijos, haciendo realidad las palabras del salmista:

    “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos.”  (Salmo 139:1-3)


    Jocabed: cuando el amor tiene que dejar ir · (Éxodo 2:1-10)

    La historia de Jocabed comienza en uno de los momentos más oscuros de la historia de Israel. El faraón había ordenado matar a todo niño hebreo recién nacido. Y Jocabed tuvo un hijo. Y durante tres meses lo escondió.

    ¿Puedes imaginarlo? Tres meses viviendo con el corazón en la boca. Tres meses de noches en vela, acallando el llanto de un bebé, pidiendo a Dios que nadie lo escuchara, que los soldados no llegaran.

    Cuando ya no pudo ocultarlo más, hizo algo que parece una contradicción: para salvar a su hijo, lo dejo ir. La Palabra nos dice que construyó una pequeña canasta, la impermeabilizó con brea, puso en ella a Moisés y lo dejó flotando en el río Nilo (Éxodo 2:3). No lo abandonó. Lo confió a Dios. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. 

    Hay momentos en la vida de una madre en que la prueba de amor más grande no es retener al hijo, sino dejarlo ir. Confiar al hijo a Dios cuando tú ya no puedes hacer más. Eso no es rendirse. Es uno de los actos de fe más difíciles que existen. Y Dios honró esa fe. El niño fue rescatado. Y la propia Jocabed fue llamada para criarlo

    Dios siempre nos devuelve, de una forma u otra, lo que ponemos en sus manos.


    Ana: cuando el dolor se convierte en oración · (1 Samuel 1:1-20)

    Ana quería ser madre y no podía. Año tras año, viaje tras viaje a la casa de Jehová, el mismo dolor. La Biblia dice que lloraba y no comía. Su marido Elcana le preguntaba: “Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Acaso no te soy yo más que diez hijos?”

    Pero Elcana no entendía. Y ese es otra forma dolor que muchas mujeres conocen bien: el de sentir que nadie entiende su carga, nadie ve su lucha.

    Sin embargo, Ana hizo algo con su dolor: lo llevó a Dios. No en silencio, sino con toda el alma. Lloraba delante del Señor. Oraba en angustia. Tanto, que el sacerdote Elí pensó que estaba borracha.

    “Y Ana le respondió diciendo: No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva por una mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora.”  —1 Samuel 1:15-16

    Ana nos enseña que la oración no tiene que ser ordenada ni elegante para ser sincera. Lo que importa es que sea honesta. Dios no necesita que le presentes una versión mejorada de ti misma. Le puedes llevar tu corazón tal como está.

    Dios escuchó a Ana. Y cuando le nació Samuel, ella cumplió lo que prometió: lo devolvió a la casa de Jehová para servir al Señor. No con amargura, sino con un canto. Su canto de acción de gracias en 1 Samuel 2 es una de las oraciones más hermosas de toda la Biblia.

    El dolor de Ana se convirtió en historia. Y la historia de Ana nos sigue alentando hoy.


    Noemí: cuando la vida no es lo que esperabas · (Rut 1:1-22)

    Noemí salió de Belén con esposo e hijos, eran una familia. Pero regresó sola. En el camino perdió a su marido y a sus dos hijos. Si situación había cambiado tanto que cuando volvió a su tierra, le dijo a su gente: “No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.”

    Noemí no finge que todo está bien. No tiene una sonrisa falsa en el rostro. Está rota, y lo dice, deja que se le note. Y la Biblia no lo oculta.

    Pero la historia no termina ahí. Junto a Noemí camina Rut, su nuera, que se niega a abandonarla. Y en ese vínculo —entre una mujer devastada y otra que decide quedarse a su lado— Dios está tejiendo algo nuevo. La nuera había respondido a Ruth:

    “… No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.”  —Rut 1:16

    Noemí, que se consideraba vacía, resultó ser la mujer a través de quien Dios trajo a Rut al pueblo de Israel, a la vida de Booz, cuya descendencia llegaría hasta el propio rey David, y más tarde, hasta Jesús, el Salvador del mundo.

    Si hoy sientes que tu vida dio un giro que no esperabas, recuerda a Noemí. Dios no descartó a la mujer amargada. La escuchó y la puso en el centro de su plan de Redención.

    María: cuando no entiendes lo que Dios te pide · (Lucas 1:26-38; 2:19; Juan 19:25-27)

    A esta mujer un ángel le trae una noticia que nadie podría siquiera imaginar. Ella es joven, soltera, prometida a un hombre que en ese momento todavía no sabe nada del mensaje. Y el ángel le dice: vas a ser madre del Hijo de Dios.

    Su respuesta es de una honestidad sorprendente: «¿Cómo será esto?» No es incredulidad. Es la pregunta de alguien que no entiende, pero que está escuchando. Y…

    “Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.”  —Lucas 1:38

    María dijo que sí sin comprenderlo todo. Sin saber lo que vendría. Sin saber que treinta y tres años después estaría parada, al pie de una Cruz, viendo morir a ese hijo.

    La Biblia dice dos veces algo aparénteme intrascendente, pero en realidad de profundo significado sobre María: que guardaba todas estas cosas en su corazón (Lucas 2:19, 51). María no lo entendía todo. Pero lo guardaba en su corazón. Meditaba. Confiaba.

    Hay momentos en la vida de una madre en que no hay explicación suficiente para lo que está viviendo. Momentos en que lo único que queda es guardar todo lo que vive en el corazón, meditar, confiar, y permanecer de pie. Como María, al pie de la Cruz.

    María no huyó cuando más dolor sentía. Permaneció ahí, al pie de la Cruz. Y esa es una muestra de amor y confianza que Dios siempre honra.


    Recuerda…

    Jocabed, Ana, Noemí, María. Cuatro mujeres. Cuatro historias distintas. Ninguna perfecta. Ninguna sin dolor. Pero todas en la presencia de Dios.

    La Biblia no dice que ser madre es fácil. Muestra que Dios está contigo en la dificultad. No como un espectador, sino como alguien que camina a tu lado, que conoce tu nombre, que ve lo que nadie más ve: el cansancio detrás de la sonrisa, el miedo detrás de la fortaleza, el amor enorme que a veces no sabe cómo expresarse.

    Si hoy tu historia se parece a la de Jocabed —porque tienes que dejar ir a alguien que amas—, que Dios te dé la fe para confiarle a Él lo que no puedes retener.

    Si tu historia se parece a la de Ana —y vas cargando un dolor que nadie puede entender—, que Dios te dé el valor para entregarle ese dolor a Dios y esperar en Él.

    Si tu historia se parece a la de Noemí —porque la vida no salió como la planeaste—, que Dios te recuerde que Él trabaja siempre para convertir las tragedias en grandes victorias.

    Y si tu historia se parece a la de María —porque haz dicho que sí a algo que no entiendes del todo—, que Dios te conceda la gracia de guardar esas cosas en tu corazón y confiar en Él hasta el final.

    Hermana, tú, que eres madre, no olvides nunca esta promesa de nuestro Dios:

    “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida.”  —Isaías 49:15-16

    Dios no te ha olvidado. Nunca lo ha hecho. Nunca lo hará. Eso es lo que quiero decirte hoy.


    ¡Feliz “Día de las Madres”!

    ¡Dios te bendiga y te guarde, hoy y siempre!

    Coram Deo



  • A Su Tiempo… Pronto


    “El pequeño vendrá a ser mil, el menor, un pueblo fuerte. Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto.”

    Isaías 60:22


    ¿Alguna vez has mirado lo que tienes —tus fuerzas, tus conocimientos, tus posesiones, tu fe— y has sentido que es demasiado poco para que Dios haga algo grande con ellos? 

    Si te has sentido así, estas palabras de Isaías fuero escritas para ti.

    El capítulo 60 de Isaías es un canto de esperanza: el profeta ve a Jerusalén humillada, saqueada, dispersa, y le habla como si ya estuviera resplandeciendo. “¡Levántate, resplandece!” le dice en el versículo 1 y a partir de ahí desgrana una serie de promesas maravillosas. Y el versículo 22, el último del capítulo, es la firma: la promesa de las promesas.


    “El pequeño vendrá a ser mil, el menor, un pueblo fuerte.”

    Esto es verdaderamente desconcertante. Dios dice que el pequeño se convertirá en un millar y el menor se transformará en una gran nación. Desde luego no está hablando de un crecimiento gradual ni natural. Está hablando de un acontecimiento que rompe toda lógica.

    Esta es una constante que encontramos a lo largo de toda la Escritura: Dios trabaja de forma deliberada con aquellos que el mundo descarta. Eligió a Abraham, que era viejo y estéril. Eligió a Gedeón y cuando su ejército de 32,000 le parecía demasiado grande — lo redujo a 300. Eligió a David, el menor de ocho hermanos, que era un pastor de ovejas, para ir a la guerra. El apóstol Pablo lo expresa con una claridad aplastante:

    “Lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).

    ¿Por qué? Porque cuando lo pequeño se vuelve mil y lo menor se convierte en una gran nación, nadie puede llevarse el crédito, solo Dios.


    “Yo Jehová” 

    El versículo no dice “esto sucederá”. Dice: “Yo Jehová”. El nombre de Dios — ¡el que es, el que era y que ha de venir, el Todopoderoso! — sella la promesa como una firma al pie de un documento. Es una garantía personal y absoluta.

    En la antigüedad, cuando un rey sellaba una promesa con su nombre, ponía su honor en juego. Si la promesa fallaba, el rey quedaba avergonzado. Dios pone su Nombre —el Nombre que es sobre todo Nombre— como respaldo de que lo pequeño llegará a ser mil.

    Y así será,¡Porque Jehová lo dice!

    ¡Esto es tan importante para nosotros! Cuando nos vemos a nosotros mismos, una congregación pequeña, nuestros recursos limitados, nuestros esfuerzos que parecen insignificantes o inútiles frente a la magnitud de la lucha, ante la enormidad de la tarea, la pregunta no es “¿tenemos o somos lo suficiente?” La pregunta es “¿Qué dice Jehová?”  

    ¡Él ha hablado, Él ha prometido, no importa el tamaño de nuestras fuerzas o de nuestros recursos, Él hará!


    “A su tiempo… pronto”

    Está la parte más significativa —y más difícil— del versículo: “a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto.”  Parece algo contradictorio. ¿Cuándo será? ¿A su tiempo o pronto? Pero no hay contradicción, hay una enseñanza.

    “A su tiempo” nos recuerda que Dios no actúa según nuestro tiempo. Él elige un tiempo para el cumplimiento de sus promesas, y ese tiempo no lo apresuramos nosotros con nuestra impaciencia ni lo retrasamos con nuestras dudas o temor. Es en el tiempo de Dios, el momento preciso, el instante exacto, la hora justa.

    “Pronto” nos enseña que cuando ese tiempo llegue, la acción de Dios no vacilará. No habrá demora al último momento. Cuando Dios se mueve, se mueve rápido. El apóstol Pedro se lo dice a una iglesia que se impacientaba con las promesas de Dios: 

    “Para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8). 

    La aparente lentitud de Dios no es indiferencia —es misericordia y paciencia.

    Dicho de otra manera: el problema nunca es que Dios llegue tarde. El problema es que nuestros tiempos no están sincronizados con el suyo.


    ¿Te sientes “el menor”?

    Las palabras de Isaías tienen una aplicación personal que no debemos ignorar. Puede que al leer estas lineas estes sintiéndote exactamente como lo que el texto describe: pequeñomenorincapazdébil. Quizás en tu familia, en el trabajo o en el ministerio. Quizás alguien ha sembrado en ti la idea de que somos demasiado poco para que Dios haga algo grande con nosotros.

    Isaías 60:22 es la respuesta directa que deshace esa mentira.

    El versículo no dice que Dios tomará a los grandes y los hará más grandes. Dice que tomará al pequeño y al menor —a los que no cuentan para el mundo— y los multiplicará.

    Para ser usado por Dios no tienes que ser fuerte, sabio o el mas grande. Para ser usado por Dios solo tienes que creerle y estar dispuesto a hacer lo que Él diga. Dios ha empeñado Su Nombre en cumplir lo que ha prometido.

    Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto


    Coram Deo



  • Entregados, No Solo Interesados


    “Lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí.” (Éxodo 3:4)


    Moisés llevaba cuarenta años pastoreando en el desierto de Madián cuando vio la zarza ardiendo. No estaba en un retiro espiritual. No estaba buscando una visión. Estaba haciendo lo de siempre — guiando el rebaño de su suegro por el desierto — cuando la zarza ardió sin consumirse y se escuchó una voz.

    Su respuesta fue inmediata y sin condiciones: “heme aquí”. Esas dos palabras en hebreo — hineni — son una de las respuestas con mayor significado de toda la Escritura. No dicen “aquí estoy, ¿qué quieres?” como si fuera el inicio de una negociación. Dicen: “estoy completamente disponible, sin reservas, sin intereses propios”.

    Es la misma respuesta que dio Abraham cuando Dios lo llamó para subir al monte y ofrecer a Isaac (Génesis 22:1). La misma que dio Samuel de niño en el templo (1 Samuel 3:4). Esa respuesta no expresaba un estado de ánimo; era una entrega, una condición de vida.

    Hay una diferencia enorme entre estar interesado, en querer conocer más de Dios y estar entregado, dispuesto totalmente para Dios.

    Los interesados en Dios acuden cuando el llamado parece importante. Los entregados a Dios están presentes siempre — para lo importante y para lo insignificante, para la tarea gloriosa y para la tarea discreta que nadie notará.

    La zarza ardiente no era una casualidad o un accidente del paisaje. Era la presencia de Dios en algo ordinario — en un arbusto del desierto, en un día de trabajo común, en la rutina de un hombre que había dejado de esperar grandes cosas. Y la razón por la que Moisés pudo responder “heme aquí” sin tardar en prepararse es precisamente que ya estaba ahí, haciendo lo suyo, fiel y… listo.

    La persona que está lista nunca necesita prepararse. El tiempo que perdemos “preparándonos” tras el llamado de Dios es tiempo que pagamos por la falta de disposición previa. La zarza no espera a que nos pongamos en condiciones, no espera a que estemos listos. Arde, llama… y pasa.

    Dios puede llamarnos para tareas agradables o para tareas que nadie quiere hacer. Para posiciones visibles o completamente invisibles. La disposición, la entrega verdadera no tiene preferencias. Tiene una sola respuesta: “heme aquí”.

    La disposición para Dios no se presenta en el momento del llamado. Se cultiva a través de los años de fidelidad en el desierto.



  • No Esperes A Que Todo Esté Perfecto


    “El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.” Eclesiastés 11:4


    Hay una trampa silenciosa que muchos de nosotros conocemos bien: la espera. No la espera paciente y confiada en Dios, sino esa otra espera —la que nace del miedo— que nos dice: “Todavía no. Cuando esté más preparado. Cuando el momento sea el indicado. Cuando las condiciones sean perfectas.”

    El problema es que ese momento nunca llega.

    Eclesiastés 11:4 lo dice con una claridad que desarma: Quien vive esperando que todo esté a su favor, terminará sin haber sembrado ni cosechado nada.

    El miedo disfrazado de prudencia no es virtud —es parálisis.

    Y el miedo tiene muchas voces. Nos habla con frases que suenan razonables: “No estoy listo.” “No tengo suficientes recursos.” “El momento no es el adecuado.” Pero detrás de cada una de ellas late el mismo temor: miedo a fallar, a equivocarnos, a ser rechazados.

    Lo sorprendente —y alentador a la vez— es que Dios nunca esperó condiciones perfectas para actuar. Tampoco esperó personas perfectas.

    • Moisés confesó: “Soy tardo en el habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10). 
    • Gedeón respondió: “Mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre” (Jueces 6:15). 
    • Abraham, a los cien años de edad, cuestionó: “¿A hombre de cien años ha de nacer hijo?” (Génesis 17:17). 

    Ninguno de ellos tenía las condiciones ideales. Y, sin embargo, Dios los llamó, los equipó y los usó de maneras extraordinarias. La fe —no la ausencia de obstáculos— fue lo que los hizo avanzar.

    Esto es precisamente lo que Pablo nos recuerda en Romanos 8:31: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” 

    No dice que el camino será fácil. Dice que no estaremos solos en él. El mismo Dios que abrió el Mar Rojo y envió el maná en el desierto sigue siendo fiel. Él no ha cambiado.

    Entonces: 

    ¿Qué paso has estado aplazando? ¿Qué sueño, qué llamado, qué responsabilidad llevas esperando el momento perfecto para llevar a cabo?

    Da el primer paso hoy. No porque te sientas listo, sino porque confías en que Él está a tu lado. La fe no es la certeza de que todo saldrá como lo planeaste; es la certeza de que Dios camina contigo, aunque no veas el final del camino.

    Pide a Dios que fortalezca tu fe donde el miedo ha ganado terreno. Su poder, como dijo Pablo, se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9).

    Planta esa semilla hoy —por pequeña que parezca— y confía en que Él producirá la cosecha a Su tiempo.

    “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” (Isaías 41:10)



  • Todo o Nada


    “Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la ropa, y se echó al mar.”  Juan 21:7


    Era de madrugada en el lago de Tiberias. Siete discípulos habían estado pescando toda la noche y no habían sacado nada. En la orilla, una figura que no reconocían les gritó que echaran la red al lado derecho. Lo hicieron — tal vez con escepticismo, tal vez porque no tenían nada que perder — y la red se llenó de tantos peces tanto que no podían sacarla (Juan 21:1-6).

    Fue Juan quien lo reconoció primero: “es el Señor”. Y Pedro, en cuanto lo escuchó, hizo algo que solo Pedro podría hacer: se ciñó la ropa — porque se la había quitado para trabajar — y se echó al agua. No esperó que la barca llegara a la orilla. No calculó la distancia. No se preguntó si era conveniente. Oyó “es el Señor” y saltó.

    Ese gesto, aparentemente impulsivo e irreflexivo de Pedro es una imagen de algo muy profundo: la entrega total no es un acto emocional. Es un acto de la voluntad. Y cuando la voluntad está orientada completamente hacia Cristo, el cuerpo la sigue sin pensarlo.

    La renuncia externa — dejar cosas, cambiar hábitos, modificar conductas — puede hacerse sin que nada verdadero haya ocurrido en nuestro interior. Se pueden dejar cosas materiales y aferrarse todavía, con ambas manos, a vivir conforme a nuestras decisiones. La entrega total no tiene que ver con acciones externas. Tiene que ver con la voluntad.

    “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.”  (Gálatas 2:20)

    Pablo no dice “ya no tengo lo que tenía o hago lo que hacía”. Dice “ya no vivo yo”. Es un cambio absoluto de gobierno en nuestra vida. Nuestra voluntad deja de ser la que organiza todo, y Cristo ocupa ese lugar. No como compañero, sino como autoridad soberana.

    Y debemos entender algo muy importante, la entrega no se mide por la intensidad emocional del momento en que se realiza. La emoción puede acompañarla, pero si nos enfocamos en la emoción, buscaremos repetir esa sensación en lugar de vivir bajo la convicción de que ya no somos nosotros los que controlamos nuestra vida. La entrega verdadera es firme, deliberada, y no necesita de emociones constantes para sostenerse.

    Pedro saltó al agua. No porque se sintiera valiente — semanas antes había negado a Jesús tres veces junto a una fogata. Saltó porque oyó “es el Señor”. Y eso fue suficiente. El Señor de su vida estaba ahí, no podía espera a que las circunstancias fueran convenientes.

    La entrega total no es una emoción que hay que buscar. Es una decisión voluntaria que hay que tomar y una vez hecha sostenerla cada día hasta que estemos con el Señor.

    Coram Deo



  • ¿Tienes “Lugares Altos” En Tu Vida?


    “Con todo esto, los lugares altos no eran quitados de Israel, aunque el corazón de Asa fue perfecto en todos sus días.”  2 Crónicas 15:17


    Asa fue uno de los mejores reyes de Judá. La Biblis lo elogia: “… el corazón de Asa fue perfecto en todos sus días” (2 Crónicas 15:17). Hizo reformas reales. Erradicó a los ídolos. Restauró el altar del Templo. Convocó al pueblo a una renovación del Pacto. Fue un hombre genuinamente comprometido con Dios. Y sin embargo… los lugares altos permanecieron.

    Los “lugar altos” eran santuarios paganos donde Israel había adorado a dioses ajenos que estaban ahí desde antes de la monarquía. Eran parte del paisaje. Eran familiares. Y Asa, que había tenido la valentía de reformar tantas cosas, se detuvo antes de llegar a esos rincones. Tal vez pensó que no eran tan importantes. Tal vez sintió que ya había hecho suficiente.

    Podemos usar la historia de Asa para hacernos una pregunta incomoda:

    ¿Hay lugares altos en tu vida? ¿Lugares que has permitido que permanezcan porque los consideras “sin importancia”?

    El mecanismo es siempre el mismo: primero se decide que algo “no tiene importancia” espiritual. Luego, simplemente, dejamos de notarlo. Finalmente se convierte en parte de nuestra vida, tan familiar que ya no llama la atención. Y todo esto mientras el corazón, en otras áreas, sirve a Dios sinceramente.

    “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.”  (Sal. 139:23-24)

    Esta oración de David es la respuesta al patrón de Asa. No “Señor, yo ya sé qué está bien y qué está mal en mí”, sino “examíname Tú”. Porque hay cosas que solo Dios puede ver, especialmente en las áreas que nosotros hemos declarado sin importancia.

    Recordemos que la vida espiritual no tiene vacaciones. La rectitud moral no puede descansar, del mismo modo que el corazón no puede tomarse un día libre de latir. No es legalismo — es la característica principal de una vida que se ha entregado completamente. Dios nos quiere por completo. Y “por completo” incluye exactamente los rincones que hemos declarado “sin importancia”.

    La pregunta no es si el corazón es sincero. El de Asa lo era. La pregunta es si hay áreas en tu vida donde el Espíritu Santo te ha hecho dudar —te ha redargüido— y tú has elegido no escuchar. Siempre que eso sucede, estas permitiendo que exista un “lugar alto” en tu vida.

    La integridad del corazón no solo se mide por lo que hacemos con las cosas importantes y notorias. También se mide por lo que hacemos con lo que parece insignificante, sin importancia.

    Coram Deo



  • No Cargues Solo


    “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.”  Mateo 11:29


    En el mundo antiguo, el yugo era una realidad cotidiana. Dos bueyes uncidos juntos para tirar de la misma carga. Y había una práctica bien conocida entre los agricultores: cuando se quería entrenar a un buey joven, se lo emparejaba con uno experimentado. El veterano marcaba el ritmo, absorbía la mayor parte del peso, y el joven aprendía sin ser aplastado. El yugo era fácil no porque la tarea fuera pequeña, sino porque quien tiraba junto a él era el más fuerte.

    Eso es exactamente lo que Jesús propone en Mateo 11:29. No un yugo diferente al de la vida — sino su yugo. No la ausencia de carga, sino la compañía en la carga. “Llevad mi yugo” no es una invitación a rendirse, sino a colocarse junto a Él y tirar juntos.

    Debemos reconocer algo muy incómodo: hay momentos en que el Señor nos va llevando al punto de una comunión más profunda con Él, y nosotros nos quejamos, nos resistimos y clamamos: “Señor, ya es suficiente, déjame como estoy, déjame ser como los demás”. Como si la presión de su mano sobre nosotros fuera un error y no una enseñanza.

    Hebreos 12:6 lo afirma claramente: “porque el Señor al que ama, disciplina”. El griego es paideuo — el mismo verbo que se usa para la formación de los hijos. No es castigo arbitrario; es educación intencional. Y el padre que más ama es el que no renuncia a formar al hijo cuando este prefiere una vida cómoda.

    Nehemías 8:10 añade una capa más: “el gozo de Jehová es vuestra fuerza”. Los santos que conocen ese gozo no son los que han tenido vidas sin dificultades. Son los que llevan cargas reales — pero las llevan en comunión con Cristo. Desde afuera, solo se ve el vino. Desde adentro, se conoce el proceso de aplastamiento que lo produjo.

    Aquí está el misterio: ninguna acción del enemigo de nuestras almas puede vencer al Espíritu Santo que habita en el corazón de un hijo de Dios. No es inmunidad al dolor y el sufrimiento. Es la certeza de que hay algo — ¡Alguien! dentro de nosotros — que ninguna carga o lucha externa puede doblegar.

    Pero esa fortaleza extraordinaria no llega a quienes buscan evitar el yugo. Llega a quienes aprenden a llevarlo junto con Jesús.

    El creyente débil no es el que no puede con las cargas pesadas. Es el que las lleva solo.

    Coram Deo



  • Cuando La Carga Es Insoportable


    “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo.”  Salmos 55:22


    El Salmo 55 no es un salmo escrito en la tranquilidad de una habitación agradable. Es el grito de un hombre perseguido, traicionado por alguien cercano, con el corazón roto y las fuerzas agotadas.

    David escribe: “Mi corazón está dolorido dentro de mí, y terrores de muerte sobre mí han caído” (v.4). No está exagerando. Su situación es desesperada. Y es desde ese contexto — no desde la calma, sino desde el derrumbe — que escribe una de las líneas más luminosas de toda la Biblia: echa sobre Jehová tu carga.

    La palabra hebrea que se traduce como “carga” aquí es yehab, que literalmente significa lo que se te ha dado, lo que te ha sido asignado. No es simplemente el peso que llevas; es el peso que Dios mismo puso sobre ti. Y esa distinción lo cambia todo.

    Ahora bien, hay cargas que nunca deberíamos cargar — la carga de la culpa no confesada, la carga de la duda alimentada por la desobediencia. Esas hay que soltarlas de otra manera.

    Pero hay cargas que Dios mismo colocó sobre nosotros: responsabilidades, llamados, personas encomendadas, obras comenzadasY el error no es llevarlas — el error es llevarlas solos.

    El hijo de Dios que quiere vivir su fe pero sin comunión íntima con el Señor pronto descubre que el peso de la vida se vuelve aplastante. No porque la carga sea demasiado grande, sino porque intenta cargarla sin ayuda, solo.

    Y el resultado es predecible y doloroso: agotamiento, derrota, y peor aún, el comentario de quienes al verlo expresan: “qué final tan triste para alguien que tuvo un comienzo tan prometedor”.

    Ahora bien, cuando seguimos el consejo de David y echamos nuestra carga sobre Él, no la estamos abandonando. Se la presentamos. Nos colocamos ante Él con ella.

    Y entonces algo cambia: no necesariamente desaparece el peso, pero ya no lo cargamos solos. La carga se alivia porque estamos en Su presencia.

    “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”  (Mateo 11:28)

    Eso no es una promesa de que Dios quitará todas las responsabilidades. Es la promesa de que, en su presencia, el peso que él mismo nos dio se vuelve llevadero — porque lo llevamos junto con Él.

    La carga que Dios da no fue diseñada para aplastarte. Fue diseñada para acercarte a Él.



  • Muertos al pecado, pero vivos en Cristo Jesús


    “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.”  

    Romanos 6:11


    En el aposento alto, la noche antes de su ascensión, Jesús les hizo a sus discípulos una promesa que sonaba extraña: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). Y diez días después, en Pentecostés, ese poder llegó — no como algo que el Espíritu les daba, sino que el Espíritu mismo los llenó con su presencia plena.

    Pedro, que semanas antes había negado a Jesús tres veces junto a una fogata, se puso de pie ante miles de personas y predicó con una autoridad que no era suya. Era ell mismo hombre. Con las mismas limitaciones humanas.

    Pero algo había cambiado de manera tan radical que los que lo escuchaban “fueron compungidos de corazón” (Hechos 2:37). No fue elocuencia. Fue el dominio del Espíritu sobre una vida que le había entregado el control total al Señor.

    Al reflexionar sobre las enseñanzas de Romanos 6 nos encontramos con una imagen que es al mismo tiempo humilde y asombrosa: incluso el más débil de los santos puede experimentar el poder de la divinidad del Hijo de Dios cuando está dispuesto a entregarle el control total sobre su vida. La palabra que usa es precisa: “entregarle”. No esforzarse más. No comprometerse a mejorar. Entregarle. Dejarle. Soltar. “…para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”  (Efesios 3:19)

    Pablo pidió eso en oración para los efesios. No pidió “para que tengan más de Dios”, ni “para que crezcan espiritualmente”, sino para que sean llenos de toda la plenitud de Dios. Es una frase que, si se lee despacio, resulta imposible de imaginar. ¿Toda la plenitud? ¿En nosotros?

    Sí. Pero hay una condición — no de mérito, sino de entrega. Cuando nos aferramos al control de nuestra propia vida, aunque sea en lo más mínimo, reducimos el espacio disponible para esa plenitud. El texto de Romanos 6:11 no dice “trata de estar muerto al pecado”. Dice “considérate muerto”Es una decisión de fe, no un logro personal.

    La vida eterna que Jesús vivió aquí — en un cuerpo mortal, en medio de limitaciones reales, frente a tentaciones genuinas — es la misma vida que está disponible para nosotros. No una versión reducida. No una aproximación. La misma vida, porque el mismo Espíritu habita en nosotros.

    Lentamente, pero con seguridad. No de golpe. No en un instante de emoción religiosa. La majestuosa vida plena de Dios va invadiendo cada parte de nuestro ser — a medida que vamos dándole el control, a medida que seguimos diciendo sí a lo que el Espíritu revela, a medida que la obediencia se convierte en el hábito dominante de nuestra existencia.

    Y entonces ocurre algo que nadie puede fingir: las personas se dan cuenta de que somos de Cristo. No lo deducen por nuestros argumentos. No lo concluyen por nuestra doctrina. Lo perciben — de la misma manera en que el Sanedrín percibió algo diferente en Pedro y Juan: “Y reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).

    Cristo no impone su dominio sobre nuestra vida. Se lo entregamos — cuando “soltamos” todo lo que habíamos estado usando para controlarnos a nosotros mismos.

    Coram Deo



  • Templo de Dios


    “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”  1 Cor. 3:16


    Hay una metáfora que Pablo usa en 1 Corintios 3:16 que merece atención especial: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” La imagen del templo no era abstracta para los creyentes del primer siglo. Ellos sabían lo que era un templo: un lugar construido con un propósito único, consagrado enteramente a la presencia de Dios, donde nada que no fuera de Dios tenía cabida.

    Cuando Salomón dedicó el Templo de Jerusalén, la presencia de Dios lo llenó de tal manera que los sacerdotes no podían ni entrar (1 Reyes 8:10-11). No había rincones reservados para otros usos. No había divisiones entre lo sagrado y lo ordinario. Era todo o nada.

    Y esta realidad nos lleva a entender por qué el Espíritu Santo no puede ser aceptado como un huésped que se limite a una sola habitación de la casa. Él tiene que ocuparlo todo. Y si no lo ocupa todo, algo se le está resistiendo — y ese algo es siempre la voluntad que no ha tomado todavía la decisión de Romanos 6 de crucificar el pecado.

    La resurrección de Jesús dice Pablo, no fue solo la victoria sobre la muerte. Fue el acontecimiento que le dio autoridad al Espíritu Santo para transmitir esa vida de Dios a quienes creen. La vida que está en Jesús — la misma, no una copia — puede habitar en nuestro cuerpo mortal. Eso es lo que Pablo llama “la semejanza de su resurrección”.

    “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.”  (Romanos 8:11)

    Esto no es misticismo. Es la consecuencia lógica de la identificación con la muerte y resurrección de Cristo. Cuando el viejo hombre es crucificado, el Espíritu no encuentra resistencia. Entra, y lo llena todo. Y entonces se inicia algo extraordinario: Jesús transforma la vida del creyente ante Dios. No corrige la apariencia. La transforma desde adentro.

    La santidad que Pablo describe aquí no es una lista de cosas que se hacen y cosas que no se hacen. Es la santidad de Jesús — que Dios pone en nosotros. Solo hay una verdadera santidad: la de Él. Y esa es la que se nos ha dado.

    La responsabilidad del creyente, en todo esto, es una sola: andar en la luz y obedecer lo que el Espíritu revela. No es producir santidad. Es recibirla y vivirla.

    El Espíritu no busca mejorar al viejo hombre. Busca habitarlo todo — y para eso, el viejo hombre tiene que haber muerto.

    Coram Deo